Acción crítica en educación

Enseñanza obligatoria e itinerarios

Posted in Uncategorized by JuanV on 18 febrero 2009

No creo en la enseñanza obligatoria hasta los 16 años porque no creo en la enseñanza obligatoria sin más. Hace mucho tiempo que la psicologí­a de la educación, aparte del sentido común, dio por sentado que no hay aprendizaje sin voluntad; se puede obligar a alguien a hacer algo, pero no a aprender, puesto que para ello es condición imprescindible contar con su voluntad, con su atención, interés, motivación. No es posible aprender si no se asume una actitud activa, si no se participa y hace uno suya la acción de aprender. Si creemos que esto es así­, entonces no tiene ningún sentido intentar obligar a nadie a aprender nada. Lo único que podemos conseguir de nuestros alumnos, en el mejor de los casos, es que realicen una serie de actividades más o menos superficiales y mecánicas, que escriban, que pinten y dibujen, incluso que lean, pero nadie podrá garantizar nunca que se produce un verdadero aprendizaje, ni siquiera que comprenden verdaderamente lo que leen. Para que se produzca un verdadero aprendizaje serí­an necesarias una serie de actividades mentales, como fijar la atención, asociar unos conocimientos con otros, deducir, inducir, sacar conclusiones, etc., que no se producen sin contar con la voluntad de la persona que va a aprender, y por tanto todo quedarí­a en una absurda pérdida de tiempo. Es “enseñar a saco roto”, con una falta total de consciencia de lo que se está haciendo por parte de los discentes. Además se da la paradoja de que, a pesar de denominarse “obligatoria”, resulta que no obliga a los alumnos a nada salvo a estar matriculados: faltan a clase y no pasa nada, de hecho incluso promocionan de curso; suspenden muchas asignaturas y no pasa nada, promocionan de curso si ya han repetido; no se les puede obligar a estudiar, no se les puede obligar a hacer los deberes; puesto que no les puede ocurrir nada si no hacen nada un gran numero de ellos, cada vez más, optan por no hacer nada y así­ vamos.

Parece que muchos olvidan que el primer argumento que se utiliza para justificar la obligatoriedad de la enseñanza es que de esa manera se consigue que no haya ninguna criatura explotada laboralmente por sus propios padres. O sea, que la obligatoriedad de enñanza comienza como una obligación para los padres de mandar al colegio a sus vástagos, muy lejos de una preocupación sincera del estado por la formación de sus ciudadanos. Lo que sí­ hace el estado, por supuesto, es velar por tener cubiertas sus necesidades de mano de obra cualificada según las propias necesidades del mercado laboral, para que haya obreros capaces de operar cierta maquinaria, o de manipular mí­nimamente un ordenador. Pero vamos a partir de la base de que la obligatoriedad de la enseñnza hasta los 16 años sea un tema incuestionable. Nada más lejos de nuestra intención que dar pie a ideas que pongan en entredicho el papel del estado en materia de educación, que cuestionen la idea de la educación como un servicio público y un derecho, o que sugieran la posibilidad de dejar sucumbir también la escuela pública a las garras del mercado con su oferta y demanda.

De todas formas y suponiendo que se acepte la enseñanza obligatoria hasta los 16 años como un mal menor porque no somos capaces de encontrar otra solución, nadie en su sano juicio puede defender que por el hecho de que todos los adolescentes hasta esa edad tengan que estar recogidos en los centros educativos deben forzosamente tener que estar haciendo todos lo mismo, estudiando todos lo mismo y al mismo nivel. Es curioso con la facilidad y naturalidad que se admite que estudiantes de distintas Comunidades Autónomas puedan estudiar, como de hecho lo hacen, materias y contenidos diferentes, diferentes currículos, por el hecho precisamente de pertenecer a distintas Comunidades, y sin embargo cueste tanto admitir que estudiantes de la misma edad y de la misma Comuniad puedan estudiar cosas distintas según sus preferencias, aptitudes, expectativas, aspiraciones, voluntades, motivaciones, etc.

Era la LOGSE, y ahora la LOE sigue su mismo camino salvo algunas pequeñas modificaciones, la ley que establecí­a la obligatoriedad de la enseñanza en nuestro paí­s hasta los 16 años. La idea de una enseñanza secundaria obligatoria y comprensiva hasta los 16 años implica que todos los alumnos han de estudiar lo mismo hasta alcanzar un mismo tí­tulo, el de Graduado en Enseñanza Secundaria, común para todos. La comprensividad surge como medida para evitar la separación temprana entre aquellos alumnos que tienen intención de seguir estudiando y los que no. Se argumenta que se trata de evitar a toda costa la segregación de los alumnos y la reproducción de las desigualdades sociales iniciales. Ese planteamiento implica que todos los alumnos deben estar escolarizados hasta los 16 años, pero ¿por qué razón la lucha contra la reproducción de las desigualdades sociales tiene que implicar que todos tengan que estar estudiando lo mismo? ¿Por qué no se empieza respetando las necesidades, las ganas, la voluntad, la motivación y en definitiva la decisión personal de querer o no querer estudiar a edades, como los 14 o 15 años, que en ocasiones y según para qué cosas se consideran ya tan avanzadas? Y por cierto, ¿por qué se deja sola a la escuela para combatir las desigualdades sociales, no es un problema lo suficientemente complejo para implicar a otros estamentos e instituciones? ¿Dónde están esos proyectos de carácter global para luchar contra las desigualdades sociales con las que ingresan los alumnos en los centros educativos?

La propia LOGSE hací­a referencia a la necesidad de organizar la docencia para atender a las necesidades, intereses y aptitudes del alumnado, para lo que contemplaba la existencia de asignaturas optativas respetando y favoreciendo la autonomí­a de los centros a este respecto. De hecho se admití­a sin mucha crí­tica que hubiera asignaturas optativas en tercero y cuarto curso de la ESO. Se establecí­a también la posibilidad de organizar programas especí­ficos de garantí­a social para aquellos alumnos que no alcanzaran los objetivos. ¿Cuál es entonces la diferencia entre las opciones que contemplaba la LOGSE y ahora la LOE y por otra parte hablar de ofrecer distintos itinerarios formativos? Pues que los alumnos de distintas opciones seguirí­an formando un solo grupo, una clase, saliendo sólo para algunas asignaturas concretas, en un caso, y que con itinerarios los alumnos de distintas opciones formarí­an grupos distintos. No deja de sorprender la faciliad con la que se ve y se acepta que alumnos que se matriculan en una academia para estudiar un idioma, por ejemplo, se clasifiquen según el nivel que tengan para aprovechar mejor, se dice, el tiempo y los estudios, facilitar el trabajo a los profesores evitándoles tener que atender a varios niveles en la misma clase y avanzar más en la materia, y lo difí­cil que resulta hacer entender a esas mismas personas que se pueda hacer algo parecido en un centro educativo público y usando los mismos argumentos.

Siempre que se habla de itinerarios se acaba culpabilizando a la institución escolar de separar y clasificar a los alumnos en buenos y menos buenos, los que seguirí­an el itinerario de estudio que les llevarí­a a los estudios de Formación Profesional de Grado Medio o al Bachillerato, y los que se encaminarí­an a conseguir el tí­tulo de Graduado en Enseñanza Secundaria. ¿Es también la escuela la única responsable de lo convencido que puedan llegar a estar los alumnos de seguir estudiando o no? ¿De lo motivado que estén para seguir estudiando? ¿No influye para nada la familia o el ambiente que se respira en la sociedad en general? ¿No influye la importancia que se dé a la cultura, a los estudios, a las personas cultas, a todo lo que tenga que ver con la cultura en los medios de comunicación? Además, se podrí­a hablar de segregación si le estuviera vedado estudiar a alguien, pero si no estudian porque no quieren y no les da la gana ¿qué segregación es esa? Se tiende a culpabilizar a la escuela de “cortar” el camino al estudiante que no va a seguir con sus estudios olvidando que la mayor responsabilidad recae en él mismo, o en sus padres. Los que trabajamos con alumnos en esos cursos sabemos que la elección que ellos hacen de las asignaturas optativas depende ya de su intención de seguir estudiando o no: saben qué asignaturas les va a costar trabajo aprobar y cuáles son poco más que materias de paso. No es la escuela la que los separa, son ellos mismos los que eligen el camino que quieren seguir según la motivación que tengan para estudiar, sus expectativas de futuro, etc. Y a ese respecto deberí­amos confiar más en ellos y preocuparnos menos de su capacidad de elección y de si aciertan o no, puesto que tienen toda una vida por delante llena de posibilidades de formación y de realizar los cursos, cursillos y estudios que quieran, cuando quieran, si alguna vez quieren. No se deberí­a confundir el derecho a la educación, es decir, el derecho que a todos asiste de empezar los estudios en la escuela, con el derecho a terminar unos determinados estudios, que únicamente dependerá de la persona en cuestión. La enseñanza obligatoria, por mucho que se extienda a todo el alumnado de una determinada edad, no puede nunca garantizar la terminación de los estudios; garantiza el comienzo, pero no el final de unos estudios que dependerá siempre del sujeto, del discente, de que alumno quiera aprender algo, a menos que se quieran regalar tí­tulos vací­os de contenido. Esto ya lo sabemos hace tiempo aunque no se haga nada al respecto.

Por otro lado, cabrí­a preguntar a los que tanto se oponen a los itinerarios en la ESO argumentando la defensa a ultranza de la igualdad de oportunidades cómo es que tienen tan claro que la igualdad de oportunidades ha de acabarse a los dieciséis años. Ya puestos ¿por qué no plantearse el problema de la igualdad de oportunidades de los alumnos hasta la universidad, o cuando se habla del paro o de los contratos basura que padecen sus padres, ya que se sabe que el nivel económico de las familias influye tanto en la promoción social de los hijos? ¿Por qué no cuestionar los tipos de contratos que sufren y padecen tantos padres de alumnos desmotivados para los estudios, contratos que mantienen y fomentan la precariedad laboral y que son tan comunes tanto en empresas privadas como en la administración pública ya sea la estatal, las autonómicas, locales, e incluso en los sindicatos obreros, que se supone que deberí­an velar por los intereses de los trabajadores? ¿No conocemos el papel primordial que juega el trabajo de los padres a la hora de determinar los medios, las facilidades y las expectativas de futuro de nuestros alumnos? ¿Por qué no se hace algo al respecto aunque sea un ámbito no escolar? ¿Es que se quiere dejar a la escuela sola para luchar contra las desigualdades sociales? ¿O es eso lo más cómodo?

Si se piensa bien, hablar de segregación serí­a posible años atrá¡s, cuando ir a la universidad estaba reservado a los ricos (de una forma más descarada que ahora, se entiende), cuando la formación profesional no ofrecí­a las posibilidades de ahora, cuando casi no existí­a la posibilidad de educación de adultos o de las pruebas de acceso a la universidad para mayores de 25 años, cuando apenas existí­a la universidad a distancia, cuando no existí­a la posibilidad de enseñanza ví­a Internet, etc. Hoy en dí­a no tiene sentido hablar de segregación de alumnos si se les ofrece itinerarios distintos para terminar la enseñanza secundaria puesto que tienen a su alcance un sinfí­n de posibilidades para seguir estudiando, si eso quieren, multitud de facilidades y de ví­as de acceso a estudios de todo tipo, e incluida la universidad. Además serí­an ellos mismos los que tendrí­an que elegir lo que quieren hacer, nadie les impondrí­a nada. Puede ocurrir que alumnos que no quieren estudiar a la edad de 14 o 15 años descubran su interés a edades más avanzadas; pues bien, que estudien lo que quieran cuando quieran. Lo que no parece que tiene mucho sentido es obligarles durante años a hacer lo que no quieren, menos aún cuando tanto énfasis se pone por activa y por pasiva en el respeto a la individualidad, a la personalidad, a los derechos de cada uno.

Por otra parte, parece probado que la motivación de los estudiantes depende del ambiente en el que crezcan, del interés por la cultura y por los estudios que su familia haya sabido inculcarles. En definitiva, el hecho de que un alumno esté motivado o no para los estudios depende de su entorno familiar en un porcentaje bastante alto. Entonces ¿para qué obligarlos a ir a la escuela hasta los 16 años? ¿Se espera que un chico que tiene claro a los 14 años que no quiere seguir estudiando se le despierte el interés mediante la imposición de una serie de asignaturas, cada cual más aburrida para él? ¿No será más fácil que acaben cogiendo asco a todo lo relacionado con libros y con leer? ¿No sería más práctico ofrecerles algún tipo de preparación profesional para el trabajo que van a desempeñar, con suerte, en el plazo de un par de años y al que se incorporan sin preparación ninguna hoy en dí­a? Todaví­a hoy se sigue dudando del papel vital que tiene la educación infantil a la hora de intentar compensar las desigualdades de origen con las que ingresan los alumnos en la institución escolar, y sin embargo es en este tramo de edad, entre 0 y 6 años, cuando se empiezan a sentar las bases del futuro desarrollo de los alumnos, cuando van a empezar a percibir y aprender a valorar lo que más tarde marcará sin duda el resto de sus vidas. Es imprescindible que se garantice una educación infantil gratuita para todos con objeto de empezar a paliar las desigualdades desde el principio.

Si se considera que el ideal serí­a que todos los chicos terminaran los estudios de bachillerato o de formación profesional de grado medio, ¿No serí­a lo lógico intentar motivarlos desde pequeños haciéndoles comprender la importancia, utilidad y conveniencia de los estudios, del conocimiento, de la cultura? Parece que lo más racional sería invertir en mil y una maneras de concienciar a las familias, a los padres, a la sociedad de las ventajas de completar unos estudios mí­nimos. De esa forma se podrí­a llegar a una situación en la que la mayorí­a de los alumnos quisiera completar sus estudios de bachillerato o de formación profesional pero voluntariamente, sin necesidad de obligarles a nada, puesto que partirí­a de sus propios intereses y lo harí­an por su propia voluntad. Lo único que se consigue obligando a los alumnos a hacer lo que no quieren es tener amargados a los alumnos, tanto a los que ven claro la necesidad de completar su formación con el bachillerato o una formación profesional mí­nima, como a los que no, y además tener desesperados a los profesores.

Pues actualmente se está haciendo justo lo contrario. Basta echar una mirada a los programas de la televisión para ver a qué se le está dando importancia y a qué no; qué ideales se están presentando a los jóvenes, qué personajes y modo de vida se presentan como modelos a emular. Si ya se ha comentado hasta la saciedad la influencia negativa que ejerce la televisión sobre los alumnos al difundir y a veces ensalzar conductas que son, cuando menos discutibles, ¿qué esperan las autoridades para disponer los medios necesarios para neutralizar tal amenaza? ¿Por qué no se establecen unos controles mí­nimos en las programaciones de televisión? ¿Por qué no se aprovecha su increí­ble capacidad de influencia y se realizan programas educativos? Son muchas preguntas sin respuestas. La administración educativa no puede evitar desprender un halo de cinismo e hipocresí­a cuando pretende hacer luchar a la escuela pública ella sola contra viento y marea; luchar contra las enseñanzas de una sociedad al completo que se da a sí­ misma todas las facilidades de las que puede disponer para “enseñar” a nuestros alumnos justo lo que los centros educativos intentan que no aprendan, mientras que la escuela no dispone de los medios para mostrarles lo que a todos nos interesarí­a en realidad que aprendieran. Es una pena, pero mucho tiene que cambiar la polí­tica educativa en España para poder hablar del futuro de la educación con un mí­nimo de esperanza. Ojalá estemos equivocados.

(Clarificadores y reales como la vida misma son los artículos El Efecto LOGSE, del Instituto FORMA, febrero, 2006; Panfleto Antipedagógico, de Ricardo Moreno Castillo; La Educación Secundarí­a en España, de Antonio Bolí­var, REICE, 2004. Todos en PDF)

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