Acción crítica en educación

La educación que tenemos

Posted in Uncategorized by JuanV on 18 febrero 2009

Los males de la educación que sufrimos recorren toda la estructura del sistema educativo, van desde aspectos puntuales y concretos de la práctica docente de todos los dí­as, como la promoción automática, hasta los mismos principios que sostienen y orientan todo el sistema, como el concepto de derecho a la educación, por ejemplo. Sin pretender ser exhaustivos, por supuesto, vamos a señalar algunos de estos males poco a poco.

A nadie se le ocurre proponer, por ejemplo, que los consejos de médicos de un hospital o de una clí­nica deban estar intergrados ademá¡s de por los médicos por representantes de los pacientes, de los familiares de los pacientes y por representantes de los ayuntamientos. Esto dicho así­ parece poco menos que una broma, y sin embargo se acepta que esos representantes formen parte de los consejos escolares de los centros. Se dirá que responde a la necesidad de una gestión democrática de los centros escolares, pero ¿es que no es igualmente necesaria la gestión democrática de un hospital o de un parque de bomberos? Se puede argumentar que la educación como práctica social tiene un carácter especial y es un tema delicado, que al fin y al cabo la vida futura de los alumnos depende al menos en parte de su formación, preparación y educación. Pero ¿no es igualmente delicada la práctica de la medicina, no depende el futuro, literalmente la vida, de los pacientes de la labor de los médicos? ¿No depende la vida de los ciudadanos de una buena labor del cuerpo de bomberos? ¿Por qué tenemos que soportar tan tremenda intromisión en nuestro trabajo los profesionales de la educación cuando ningún otro profesional la soportarí­a?

Hace ya tiempo que se viene comentando la desidia de muchos padres, cada vez más, en su tarea educativa en el hogar, la dejadez de sus funciones, el abandono de su labor educadora para depositar toda su confianza en la escuela. Por otra parte se sigue insistiendo una y otra vez en la importancia de la participación directa de los padres en la gestión de los centros educativos. O sea, nos quejamos de que cada vez más padres no cumplen con su deber como padres y queremos que vengan a realizar más tareas a los centros. ¿No serí mejor insistir en la labor tan fundamental de los padres en casa, sobre todo en los primeros años, y dejar a los maestros y profesores realizar la suya en paz en los centros educativos?

Se habla con demasiada presteza de evaluación sumativa, formativa, criterial, final, normativa, procesal, contí­nua. . . . Por mucho que se empeñen pedagogos a gogó y otros expertos cientí­ficos de ese campo y otros afines, la evaluación no tiene más que un sentido, que es comprobar si los alumnos saben, conocen, dominan los contenidos propuestos para una asignatura de un curso determinado. Y no hay más que una evaluación, porque si se empieza a hablar de evaluar el trabajo de la dirección del centro, las acciones de la administración educativa de la comunidad o del paí­s, el trabajo de los profesores, o se quiere evaluar cómo funcionan los servicios sociales del barrio donde se ubica el centro educativo, entonces es evidente, o deberí­a serlo, que se acaba haciendo otra cosa que nada tiene que ver con la evaluación de los alumnos, que es de lo que se trata. Las otras posibles evaluaciones son interesantes, sin duda, pero ninguna ventaja se saca de simultanearlas con la evaluación de los alumnos salvo confundir al personal y perderse en un mar de divagaciones y conclusiones que no llevan a ningún sitio.

Por otra parte, todos estamos de acuerdo en que hacer repetir el curso a un alumno es duro, que no siempre es lo más conveniente, que no siempre se acierta con esa medida encaminada a enderezar el camino torcido y que es una medida excepcional. Pero cómo se puede dudar de que la alternativa de promocionar de curso con asignaturas suspensas, a veces con todas, e incluso sin haber venido a clase, como defendí­a la LOGSE y ahora la LOE (en PDF) es todaví­a peor. ¿Qué enseñanza se desprende del hecho de que no aprobar una materia, es decir, no haber estado haciendo los deberes, no llevar un cuaderno en orden, no haber realizado los trabajos, los proyectos, los ejercicios de clase, no haber aprobado los exámenes, no haber cumplido en definitiva con los deberes como alumno, no influya para el resultado final? ¿Qué estamos enseñando a los alumnos de entre 12 y 16 años cuando les hacemos ver que el que se esfuerza, trabaja y cumple con su deber obtiene exactamente lo mismo que el que no hace nada porque no le da la gana? ¿Qué conclusiones puede llegar a sacar un chico de 12 o 14 años cuando ve que a aquellos que no han estado haciendo nada durante el curso se les “premia” con la posibilidad de estar en la misma clase con aquellos alumnos que se han esforzado durante todo el año, que han llegado a quedarse incluso algún fin de semana ¡¡sin salir!!? Para empezar es sencillamente injusto, es una cuestión de justicia. A los psicólogos y pedagógos les da miedo las palabras premio y castigo, pero esas palabras y sus correspondientes conceptos existen en la vida real y de nada sirve evitarlos en un mundo fantástico e irreal dentro de los lí­mites del colegio. Entre las muchas cosas que tienen que aprender nuestros alumnos también está la de saber adaptarse al mundo que les rodea y al mundo que les espera al salir del cole. Si bien es un tipo de justicia dar a todos por igual, en un principio, también es un tipo de justicia dar a cada cual lo que se merece, y eso cuanto antes se aprenda mucho mejor para todos.

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